Fuimos patriotas de hojalata cuando nos oponíamos a la negociación con los asesinos. Xenófobos por criticar la regularización masiva de los inmigrantes que ahora Rubalcaba persigue sin piedad, por supermercados y escuelas, para largarlos a su país en el más vergonzoso de los silencios. Inmigrantes que ahora los sindicatos aconsejan evitar para las campañas agrícolas.
Fuimos antipatriotas cuando la mosca detrás de la oreja nos traía el zumbido de la crisis. Fachas por defender nuestros derechos aquí y en Cataluña… En la actualidad, insolidarios por dudar de que una subida de impuestos sirva para otra cosa que no sea ir tirando hasta que se acabe la olla, pero sin tocar el derrame de dinero público que recoge esta pandilla de instituto y su delegado de aula.
Reconozcamos que no somos gente de fiar, cambiamos con el viento mientras ellos se mantienen firmes en sus principios: la ineptitud y la incompetencia.





















